Colombia menos vulnerable es un compendio de crónicas y reportajes sobre la historia de la gestión del riesgo en Colombia.
Más de 90 entrevistas y una amplia investigación bibliográfica y documental en 4 tomos.
El libro
Veinte capítulos en un recorrido que va desde la Guerra de los mil días y El Bogotazo hasta La Niña, Salgar y Mocoa.
Lea el Prólogo, escrito por el presidente de la República, Juan Manuel Santos, y la Introducción del libro.
Prólogo
Introducción
Fragmentos
El día que Armero desapareció
Fragmento del capítulo 5
Cuando el presidente de la República, Belisario Betancur, bajó de su helicóptero en Mercadito, una de las tres pistas improvisadas que había construido en cuestión de minutos la Defensa Civil, se encontró de frente con Leopoldo Guevara. Era el socorrista —delgado, voz profunda y grave— que esa mañana había llamado por teléfono al Palacio de Nariño, la sede del gobierno en Bogotá. Se comunicó minutos después de llegar a Lérida, tras un vuelo en una avioneta de fumigación para evaluar los daños de la descomunal corriente de la noche anterior. Todavía estaba asustado.
Leopoldo Guevara dependía de la base de la Defensa Civil de Venadillo. La noche anterior, estaba allí con sus compañeros cuando vio que Hernán Castrillón Restrepo, el presentador del noticiero de televisión tv Hoy, informaba sobre algo extraño que ocurría en el nevado del Ruiz; probablemente una erupción. Un par de horas después las voces de alerta ya hervían en los radioteléfonos de los equipos de emergencia y en las ondas de los aficionados. Inmenso río de barro. Hay mucha gente muerta. Se entró el agua a Armero. La situación es terrible. Pero nadie sabía con certeza qué estaba pasando. El equipo de la Defensa Civil quedó en alerta.
Hubo consenso en que era preciso ir directamente a la zona a verificar. Leopoldo Guevara se sumó a esa comisión, que partió en un vehículo particular. Cuando pasó por el río Recio, que nace del nevado del Ruiz, los socorristas buscaron sin éxito algún indicio entre la oscuridad y el premonitorio cauce. Eran las 11:00 de la noche. Decidieron seguir hacia Lérida para alertar sobre la posible avalancha de la que se hablaba en los radioteléfonos.
Encontraron que el rumor había llegado primero. La gente estaba muy nerviosa. Tras cotejar versiones y hablar con el Alcalde y otras autoridades decidieron seguir hacia Armero. Cuando llegaron al punto conocido como «la Y», un cruce de caminos donde se sigue a Santa Isabel o se ingresa a Armero, el lodo no los dejó avanzar. «Estaba tibio y se sentía el olor a azufre», recuerda Leopoldo Guevara30. «No se veía nada; tampoco se oía nada».
Allí el grupo ayudó a tres gentes que, embarradas y muy confundidas, buscaban resguardo en el capó de una camioneta. Los socorristas decidieron regresar, pues físicamente era imposible seguir. Cuando llegaron de vuelta a Lérida eran las 4:00 de la madrugada. La siguiente decisión fue que Leopoldo Guevara iría a Venadillo a buscar uno de los ultralivianos de fumigación para sobrevolar la zona tan pronto despuntaran las luces del día. Lo acompañó otro piloto: Fernando Rivera.
Está lloviendo sobre mojado
Fragmento del capítulo 10
La frase se oyó frente al mar mustio y metálico que cubría prados y cultivos. Ocurrió el 5 de diciembre de 2011 en la vereda Fusca de Chía, Cundinamarca, una de las zonas más afectadas por la inundación durante esa emergencia. El presidente de la República, Juan Manuel Santos Calderón, acababa de concluir una verificación en el terreno y ahora hablaba con los medios, ante un micrófono con soporte improvisado en medio del césped mojado. Lo dijo para complementar una explicación suya sobre el nivel del agua, que llegaba en ese momento a máximos históricos: dos centímetros más, respecto a la inundación que había afectado a esa misma zona el año anterior. «Infortunadamente, parece que esta tarde va a llover otra vez, en forma muy intensa. Y va a seguir lloviendo en los próximos días», anunció.
Luego señaló los puntos más vulnerables: el aeropuerto ElDorado y los barrios cercanos. Destacó el desempeño de Carlos Iván Márquez Pérez en la dirección de la dgr y en la iniciativa —junto a unos 500.000 colaboradores más, entre funcionarios y voluntarios— de llevar ayuda, enseres y víveres básicos a las regiones donde, como en la sabana de Bogotá, el agua se había salido de control. «Una labor extraordinaria», dijo el Presidente. Reportó, nuevamente, los montos de inversión —43.000 millones de pesos en los últimos tres meses— y aseguró que todos los reportes de solicitud de ayuda habían sido atendidos: 480.000 casos hasta ese momento.
Colombia vivía circunstancias excepcionales e inesperadas: el fenómeno de La Niña de 2010 no había terminado y el país ya enfrentaba el de 2011. En el curso de esos dos años prácticamente no hubo temporada seca: se unieron temporadas de lluvias. Y las gentes lloraban aquellas vidas perdidas en el lodo por cuenta de la tragedia: apenas horas antes siete colombianos habían muerto sepultados bajo un alud en la vereda El Dorado, de Herveo, Tolima. El deslizamiento no les dio tiempo de evacuar la vivienda en la que se encontraban. Para ilustrarlo, Santos pronunció su propio diagnóstico, la frase que se oyó frente al mar mustio y metálico: —Siete víctimas más de esta maldita Niña, que ha sido el karma de mi gobierno.
Tabla de contenido
TOMO I
01. Y UNA NOCHE MOCOA SE DESVANECIÓ
02. MOMENTO DE REVISAR EL CÓMO
03. EL CAMINO DE APRENDIZAJE
Siglo XX: tragedias imborrables
04. JUEVES SANTO Y TERRIBLE EN POPAYÁN
«Nadie estaba preparado»
«Los instrumentos de medición eran muy primitivos» «Las cúpulas de las iglesias ya no estaban»
05. EL DÍA QUE ARMERO DESAPARECIÓ
«Omayra nos grita que no se puede repetir» «Sí existían indicios suficientes»
«Se improvisó mucho»
06. UN SISTEMA
«Un gran cambio»
TOMO II
07. MURINDÓ: TERREMOTO DOBLE
08. TIERRADENTRO: EL DÍA QUE CAYERON LAS MONTAÑAS
«Un proceso muy complicado»
09. UNA CAPITAL EN RUINAS
«La solidaridad quedó fortalecida»
10. ESTÁ LLOVIENDO SOBRE MOJADO
«Un Sistema en medio de la emergencia»
La Niña desde el aire
Tomo III
11. LA NUEVA MIRADA
12. SPACE: EVACUACIÓN QUE SALVÓ VIDAS
13. SALGAR: LA FURIA DE UNA TORMENTA
14. SANTANDERES: EL RETO DE LA RECONSTRUCCIÓN
15. FRONTERA: Y UN DÍA TUVIERON QUE PARTIR
Tomo IV
16. UN NIÑO CON LECCIONES
17. MOCOA AVANZA
18. MANIZALES, DESPUÉS DE LA TORMENTA
«Hay un contexto claro»
Siglo XX: lecciones de la naturaleza
19. ORDENAMIENTO TERRITORIAL: DEBATE DEL FUTURO
20. LAS CARTAS DE NAVEGACIÓN
BIBLIOGRAFÍA
UNA COLOMBIA MEJOR PREPARADA FRENTE AL CAMBIO CLIMÁTICO
Juan Manuel Santos
Presidente de la República de Colombia
Cuando asumí la Presidencia de la República, me encontré con uno de los desastres más impactantes en la historia de nuestra nación: las inundaciones ocasionadas por el fenómeno de La Niña, que azotó al país entre los años 2010 y 2011, y que dejó millones de damnificados.
Hoy, varios años después de aquella experiencia amarga, avanzamos en la atención de otro hecho imborrable en la memoria: la tragedia ocurrida en Mocoa por el desbordamiento de tres ríos, el primero de abril de 2017.
Dos hechos separados en el tiempo que nos confirman, como lo he dicho en decenas de foros y en todos los espacios posibles, que el cambio climático llegó para quedarse y es uno de los problemas más graves que enfrentamos como sociedad y como humanidad.
Al día siguiente de mi posesión, en agosto de 2010, visité una de las zonas con mayor afectación por La Niña: la región de La Mojana, donde pude constatar que el impacto y la destrucción causados por las lluvias eran de proporciones catastróficas.
Meses después me encontré con otro de los efectos de esas lluvias incesantes: la ruptura del canal del Dique, una construcción histórica y estratégica en el Caribe colombiano, esencial para el aprovechamiento de nuestro río Magdalena.
Frente a estos sucesos de tan terribles consecuencias, como Gobierno decidimos examinar qué le faltaba al país en materia de prevención de desastres.
Notamos, entonces, la necesidad de modernizar los mecanismos de manejo de los desastres y —sobre todo— de comprender el cambio climático y sus efectos; entender la hidrometeorología, la variabilidad climática, y conocer a fondo los impactos que la naturaleza puede generar, para así identificar y reducir los riesgos.
En el año 2011 tuve la oportunidad de hablar con el ex vicepresidente de Estados Unidos Al Gore, un líder mundial en el tema de cambio climático, con quien profundicé y amplié la perspectiva sobre el tema.
Colombia hace parte de los cinco países más vulnerables del mundo por el impacto del cambio climático, de manera que debíamos asumir un gran reto: establecer una política pública en gestión del riesgo de desastres que permitiera reducir los efectos que plantea esta realidad, además de generar las herramientas necesarias para atender la emergencia que vivía el país en ese momento.
Colombia Humanitaria nació como una estrategia para responder a las inundaciones causadas por La Niña que afectaron a casi todo el país, con consecuencias dolorosas: más de 1.300 colombianos muertos, unos 1.000 desaparecidos y más de 3 millones de damnificados. A esto se sumó una afectación importante a la infraestructura, la agricultura, el comercio, la educación y el medio ambiente.
Ese fue el panorama desolador que enfrentó y atendió Colombia Humanitaria. Por fortuna, como en tantas ocasiones lo hemos comprobado, los colombianos nos engrandecemos en las adversidades y sacamos lo mejor de nosotros para ayudar a nuestros compatriotas.
Así mismo, dimos vida al Fondo Adaptación, una entidad dedicada a atender la reconstrucción, recuperación y reactivación económica y social de las zonas afectadas por el fenómeno de La Niña.
El trabajo que se adelanta desde este Fondo ha sido esencial pues lidera obras de gran importancia regional y nacional como la recuperación del canal del Dique, la región de La Mojana, el jarillón de Cali, la reconstrucción del pueblo de Gramalote y otros proyectos en todo el país.
Posteriormente, manteniendo presente la urgencia de fortalecer la prevención y reacción frente a calamidades naturales, creamos la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
La nueva entidad fue definida bajo tres pilares: el conocimiento del riesgo, la reducción del riesgo y el manejo de los desastres. Pero quizá lo más importante fue que, a partir de la creación de la Unidad, radicamos un proyecto de ley que recogiera esa nueva visión y que fuera coherente con los lineamientos de la entidad recién creada.
Fue así como logramos que el Congreso de la República aprobara la ley 1523 de 2012, conocida como la Política Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, con la que Colombia se puso a la vanguardia mundial por sus avances jurídicos en gestión del riesgo.
Este fue un paso muy importante y —sin lugar a dudas— una valiosa herencia para las próximas generaciones, ya que con esta ley se protege la vida de los colombianos y hacemos menos vulnerable a nuestro país frente al cambio climático.
Ahora Colombia cuenta con procesos específicos, esquemas y protocolos actualizados —acordes con los estándares internacionales— que nos permiten tener una reacción inmediata y oportuna.
Y hemos tenido la oportunidad de probarlo en varias ocasiones. Por ejemplo, frente a la avenida torrencial que golpeó al municipio de Salgar, en el departamento de Antioquia, atendimos de manera oportuna a la población, y en dos años terminamos la reconstrucción de la región y el plan de atención que creamos para los habitantes.
También fue oportuna la respuesta tras el sismo que afectó a los departamentos de Santander y Norte de Santander, donde la recuperación consistió en construir 600 viviendas —gran parte de ellas en zonas rurales apartadas— implementando una atención integral de gran relevancia.
Y qué decir de la avenida torrencial que azotó recientemente a Mocoa, en el departamento del Putumayo, que convocó la solidaridad de todos los colombianos. Por desgracia, perdimos más de 300 compatriotas en la tragedia, pero estamos acompañando a los mocoanos para que queden mejor de lo que estaban antes de este doloroso episodio.
En apenas 18 días adelantamos la Etapa de Respuesta. Tardamos 11 días en restablecer el servicio de energía eléctrica en todo el departamento, en las primeras semanas inició la reconstrucción de las casas y, un mes después, ya estábamos firmando un contrato de 28.000 millones de pesos para construirles un acueducto que reemplazará el que quedó destruido y que tendrá el doble de capacidad.
Algo similar –en oportunidad y eficiencia– vimos en la atención prestada a una tragedia subsiguiente en Manizales, también en el mes de abril.
Y no solo hemos atendido desastres a nivel nacional. Con orgullo podemos contar que hemos apoyado la respuesta en varios países de la región que nos han necesitado. A Ecuador, ante un devastador terremoto, y a Chile, en dos oportunidades: por inundaciones en el desierto de Atacama y por incendios forestales en varias zonas del territorio.
Además, fuimos a Haití para apoyar la atención de la emergencia causada por el huracán Matthew y ayudamos a la hermana República del Perú a hacer frente a los efectos del fenómeno de El Niño costero.
Con gran satisfacción podemos decir que nuestra Política en Gestión del Riesgo es ejemplar y un modelo para otros países. Tanto así que la Unidad asumió la Presidencia Regional de las Américas del Grupo Asesor Internacional en Búsqueda y Rescate Urbano —insarag—, de las Naciones Unidas.
Y esto, a su vez, nos planteó otro desafío: conseguir la certificación de equipos nacionales con altos estándares internacionales. En el año 2018 nuestro país tendrá el primer grupo mediano de búsqueda y rescate certificado a nivel internacional de insarag, que le servirá al país y al mundo entero.
Este es, sin asomo de duda, el momento más esperanzador de nuestra historia y la mayor apuesta por un futuro más digno y en paz para los colombianos de todas las regiones. Nuestra hoja de ruta hasta 2025 está trazada en el Plan Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, como evidencia de que este Gobierno no solo piensa en el presente.
De otro lado, es importante reconocer que los logros alcanzados con esta Política han sido posibles gracias al trabajo abnegado y profesional de su director y sus funcionarios, en colaboración con la fuerza púbica y los organismos de socorro y atención humanitaria, así como con la Procuraduría, la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, el sector privado y la sociedad civil en general.
Este libro, que entregamos a los colombianos, dará cuenta del camino que hemos recorrido y de la multiplicidad de procesos que hemos implementado para blindar a nuestro país frente a los desafíos que nos plantea el cambio climático.
En él encontrarán el testimonio de expertos en la materia y, lo que es más importante, la vivencia de los damnificados, quienes nos dejan la mayor enseñanza: lo que ocurrió, no se puede repetir.
Introducción
Es lo mismo que la historia que jamás termina. La gestión del riesgo. Un libro sobre la gestión del riesgo. Porque mientras usted lee estas líneas, algún río cambia por cuenta de las lluvias; una quebrada fue interrumpida en su curso; los científicos revisan nuevamente las escalas, el año más caliente desde que se lleva registro; la temperatura del mar puede subir o bajar para alterar las lluvias; y alguien puso la primera piedra, el primer ladrillo de su casa, cerca del río que pasa por su pueblo.
Y entonces el proceso que jamás termina. Las sirenas que suenan en Corinto, Cauca, aquel 8 de noviembre a las 5 de la tarde. La alerta temprana fue activada porque los sensores y vigías en la montaña detectaron que se formaba una avenida torrencial en el cauce del río La Paila: cerca de 3.000 personas se pusieron a salvo. Cuando el agua bajó y dañó casas, comercios y colegios, cinco vidas se perdieron.
Semanas atrás, el terremoto que sacudió a Ciudad de México, en una historia llena de coincidencias y lecciones: ocurrió exactamente el mismo día, 19 de septiembre, pero 32 años después de otro terremoto, el de 1985, y horas después de un simulacro nacional por sismo.
Y semanas antes, las calles de Houston, Estados Unidos, que son un lago por el agua arrastrada por el huracán «Harvey»: medio centenar de personas muertas, muchos de ellos atrapados en su casa. El Estado de Texas aún no se recuperaba cuando otro huracán, «María», golpeó de manera catastrófica a Puerto Rico: medio centenar de víctimas más y un corte energético de cerca de dos meses en el territorio.
Al otro lado del mundo, un tifón que golpea algún país de Asia. Los titulares con el conteo luctuoso una y otra vez. Cadena de meses, fechas, conexiones. Un fuerte sismo en Irán, muy cerca de la frontera con Irak: medio millar de muertos entre las estructuras colapsadas por la magnitud 7,3. Ocurrió exactamente el día en que Colombia conmemoraba 32 años de la tragedia de Armero, Tolima: el 13 de noviembre.
El proceso que jamás termina. La fuerte lluvia en Mocoa, Putumayo, la cadena de deslizamientos, el material que se acumula y el agua que
es bomba de tiempo y al fin explota a las 11:24 de la noche: más de 300 vidas bajo las rocas y los escombros arrastrados por los ríos Sangoyaco y Mulato, y por la quebrada Taruca.
En apenas unas líneas, algunos de los eventos más graves de 2017... Solo en ese conteo, más de 2.000 vidas perdidas tras procesos naturales, algunos de ellos condicionados —y casi siempre exacerbados— por las decisiones del hombre. Nunca antes en la historia de la humanidad fue tan urgente entender la naturaleza, contener el cambio climático. Un proceso que hace años dejó de ser un vaticinio y ahora es una realidad de cada día que se narra en vidas perdidas.
Un buen inicio es revisar la historia, conocer fechas y antecedentes. Construir memoria. Y hacerlo para desentrañar enseñanzas, para entender por qué. Los que estudian los riesgos y desastres, el clima, los fenómenos telúricos, la naturaleza o el cambio climático saben que la única manera de llegar a conclusiones y consolidar teorías es a través de un estudio juicioso del pasado. Meses o años después del desastre; décadas o siglos atrás.
Así se ha hecho decenas de veces, desde la institucionalidad o la academia. Y de esas empresas quedaron ejemplos en una bibliografía que resulta amplia y compleja. Pero —por primera vez— se proponen miradas paralelas, en un libro que se mueve entre la historia, el testimonio, el relato periodístico y el análisis especializado.
Ese es, precisamente, el libro que ahora el lector tiene en sus manos.
El escritor y periodista estadounidense Ernest Hemingway solía decir que los libros son apenas la punta del iceberg1. El que ahora nos ocupa es —apenas— lo visible de un entramado profundo: la compleja historia de la gestión del riesgo en Colombia, una línea de estudio que se remonta en los tiempos.
El primer antecedente del concepto de vulnerabilidad en la historia de la humanidad se les atribuye a dos pensadores: al escritor François-Marie Arouet —quien fue más conocido como Voltaire— y a Jean-Jacques Rousseau, tras el terremoto de Lisboa, el 1 de noviembre de 1755.
Tras esa tragedia, cuyo impacto se calcula en unos 100.000 muertos, los pensadores entraron en una profunda reflexión. Voltaire, tras su intensa búsqueda, escribió uno de sus textos conocidos.
Se llama Poema sobre el desastre de Lisboa, una extensa proclama sobre esos días terribles. Con lamentos, como aquellos versos que dicen: «Créanme, cuando la Tierra entreabre sus abismos / mi llanto es inocente y legítimos mis gritos». O cuestionamientos profundos, como cuando en un apartado Voltaire se pregunta: «¿Se ha vengado Dios; su muerte paga sus crímenes? / ¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños, sobre el seno materno aplastados y sangrientos?»
Esos cuestionamientos permitieron que, tras el desastre de Lisboa, la reflexión llegara a lugares inéditos. Por primera vez el hombre separaba los riesgos y los desastres del concepto de «castigo divino». Rousseau le escribió una carta a su amigo Voltaire y en esas líneas le reconoció su hallazgo: «El desastre no fue Dios (...) fue el ser humano por haber abandonado la vida sencilla de las aldeas cerca de la naturaleza»2.
Y desde ese momento, cuando se supo que no era Dios, hay quienes se dedican a analizar de qué manera es posible «gestionar» ese riesgo que implica el entorno. Rousseau es relativamente cercano en el tiempo a Simón Bolívar —quien lo tenía como uno de sus grandes maestros—, murió cuando El Libertador era un niño de 5 años, lo que ubica el hallazgo cerca al nacimiento de Colombia como nación.
Pero Colombia necesitó más de un siglo y medio —y varias tragedias de gran magnitud— para pensar en serio el asunto. El día que un terremoto destruyó Popayán, en Cauca, se dieron los primeros pasos. Luego, cuando un lahar, producto de una erupción volcánica, arrasó Armero, Tolima, hubo otro avance significativo. Siempre en esa ingrata ecuación de vidas perdidas y la posterior reflexión.
Es posible enumerar cómo cada tragedia ha sido determinante de distintos modos: para avanzar o para develar carencias. Esas conexiones y circunstancias son las que aquí se compilan. El propósito de esta investigación periodística es revisar los antecedentes, el contexto histórico y los distintos hechos que confluyeron en el marco legal que hoy existe en Colombia.
Y la revisión del contexto, en gestión del riesgo, inicia en 2011, entre los meses de mayo y noviembre, cuando una ley le dio facultades extraordinarias al presidente Juan Manuel Santos Calderón para que iniciara una profunda reforma a la administración pública. Entre otras iniciativas, impulsó la creación de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (ungrd).
Y luego está el día 24, una fecha cargada de significación y simbolismo cuando se trata de revisar la manera en que Colombia evolucionó la gestión del riesgo. El 24 de abril, del año 2012, fue sancionada la ley que impulsó —aunque solo llevaba meses en el cargo— el presidente Santos Calderón: la 1523.
En esa norma se estableció una nueva política para buscar un mejor conocimiento y reducción del riesgo; un manejo de desastres contundente y eficaz. Y el otro 24, el de febrero de 2016, cuando se consolidó el derrotero y la hoja de ruta que debe seguir el país para ese propósito: el Plan Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, una estrategia de desarrollo.
Pero todo el movimiento institucional y los cambios en la legislación tuvieron origen en un evento de la naturaleza. Curiosamente, se trata de un fenómeno alejado del impacto inmediato. No es el evento de una noche trágica, ni un momento de crepitar en el subsuelo. Pero es, sin duda, lo más trágico que ha ocurrido en Colombia, después de la tragedia de Armero. Hablamos del fenómeno de La Niña que golpeó al país entre los años 2010 y 2011.
Esa causa y efecto, quizá, la historia central de este libro. Porque, a partir de ese desastre, el país inició el camino hacia la nueva institucionalidad. Y fue cuestión de un lustro para que la ley 1523 estuviera a prueba de varias maneras: aquella noche imborrable en Mocoa, el día que un edificio cayó en plena zona de El Poblado, en Medellín, o tras un fuerte sismo, de alcances catastróficos, en Santander, que no dejó víctimas mortales pero sí cuantiosos daños rápidamente reparados.
Contar la historia. Hacer memoria. En los distintos capítulos se propone una mirada renovada, a través de los sobrevivientes y testigos; sin olvidar las preguntas capitales que inquietan a largo de todo el libro: ¿qué tan preparados estábamos?, ¿cuál fue el impacto de la tragedia?, o ¿cómo fue la respuesta del gobierno a cargo?
Y siempre a través testimonios de las víctimas, que se deben compilar en la memoria oficial, al lado de las imágenes que deben dejar las cajas y los sótanos de archivo para recordarnos cómo fue, cómo la historia que jamás termina puede repetir las graves consecuencias si no se asumen los procesos correctamente.
Una vez concluye el recorrido histórico, el relato se reencuentra con uno de los planteamientos iniciales: los dos días 24: la sanción de la ley 1523 y el Plan Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres. Hay un análisis y exploración del documento que define las estrategias para que la gestión del riesgo sea un componente del desarrollo en los próximos lustros.
El objetivo 5 del plan ordena fortalecer la gobernanza, la educación y la comunicación social —entre otros—, como uno de los procesos clave en la gestión del riesgo. Lo que se busca es que los ciudadanos estén informados y puedan actuar de acuerdo a sus deberes y responsabilidades.
Este libro busca cumplir ese propósito. Avanzar en ese camino, que es lo mismo que la historia que jamás termina. Lo dijo el presidente Santos cuando sancionó la ley 1523 —aquel primer 24—: «Quisiera poder ser más optimista y decirles que esto es algo temporal. Pero la realidad es que estos fenómenos obedecen a una dinámica mundial que está aquí para quedarse y que se llama el cambio climático».
Pero la cadena de meses, fechas y conexiones continúa. El segundo día 24 (es decir, el de 2016), Ecuador apenas trataba de levantarse de una de sus mayores tragedias: el terremoto que sacudió la costa norte del país. Ese día, el 24 de febrero justo cuando apareció el decreto que promulgó el Plan Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, el presidente Santos Calderón y el director de la ungrd, Carlos Iván Márquez Pérez, llegaron al barrio Tarqui, de Manta, para entregar ayuda humanitaria en nombre del país. En pocos años, Colombia pasó de recibir a dar.
Fechas y conexiones. Porque menos de un año después del terremoto en Ecuador, en los primeros minutos de abril del 2017, ya estaba en plena ebullición la avenida torrencial que arrasó parte de Mocoa. Cuando las imágenes de personas sepultadas por el lodo llenaron televisores, pantallas y páginas de diarios, para muchos, la única manera posible de entender y explicar fue acudir a una dolorosa metáfora que existe en la memoria colectiva: «es otro Armero».
Pero ¿es verosímil esa comparación? La respuesta la puede llegar a tener cada lector, una vez recorra la historia aquí planteada. Porque Mocoa y Armero podrían conectarse o distanciarse, tanto como lo pueden estar Murindó, Antioquia, y Tierradentro, Cauca; o el debate del calentamiento global con el del ordenamiento territorial. Ese es otro propósito de esta publicación: crear puentes y contrastes, proponer relaciones, encontrar puntos en común de reflexión y aprendizaje.
Y desenterrar la historia. Es llamativo que mientras sobre eventos como el de Armero abunda el material, las fotografías de archivo o los libros e investigaciones; de sucesos como el de Murindó o el de Tierradentro, apenas hay rastro de algunas imágenes y son escasos los investigadores e inexistentes los periodistas que se hayan dedicado a hacer memoria, a contar la historia como una estrategia de la gestión del riesgo de desastres.
El veterano escritor y periodista Germán Santamaría, uno de los testigos de esa historia de dolores y desastres, y quien es una de las fuentes testimoniales de este libro, dice que hay algo que grita Omayra Sánchez Garzón. Una voz que todavía se abre paso por entre los escombros de lo que un día fue su casa; avanza por entre el lodo espeso y el barro que la atrapa desde la cintura. Y lo que dice Omayra, más de 30 años después de aquella noche aciaga del 13 de noviembre de 1985, es que lo que ocurrió en Armero, Tolima, no se puede repetir.